Donde luchan los valientes.

Estamos en guerra.

En esta guerra los valientes no esquivan balas o hacen prisioneros, no llevan un fusil al hombro. En esta guerra el enemigo, es la propia vida, retorcida, fría y hecha condena. Una vida que se ha tornado agria y áspera y que lleva las esperanzas presas, colgando del cinto, hechas jirones, desangrándose, con la boca abierta y la piel arrancada a tiras.

He conocido muchos valientes. Valientes de verdad. Soldados batallando a pecho descubierto contra una vida injusta. Una vida que un día se da la vuelta y ya no les enseña la cara. Una vida que se ceba con ellos, que les arranca de cuajo todo aquello por lo que habían luchado, que devora sus sueños y que les deja tirados en la cuneta.

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Estos valientes comienzan a luchar para que su vida deje de ser una condena, desde el otro lado de una mesa de un centro de servicios sociales o de una ONG. O de ambos. El primer paso, el más duro. Ese que no saben si les dignifica o les hunde en el barro, porque el golpe a traición propinado por la vida al girarse les ha dejado desubicados. Forman parte de la pobreza elegante, de aquellos que tienen que justificar que ya no pueden, por ir vestidos de cuando podían. Pobres sin uniforme. Y valientes.

Valientes que han doblado con cuidado el orgullo, y lo han metido en un bolsillo del pantalón, ese que no es de pobre. Que caen y en su caída, posiblemente sin red, reconocen pasar hambre y frío y que el único calor que sienten es el de la rabia que les quema por dentro; que ya no recuerdan cuando empezó la lucha, que el final de una batalla es tan solo el inicio de la siguiente, y que ya no saben si son mil o es solo una, entera, infinita y atroz.  Que luchar desde el suelo es morir un poco.

Pero se levantan.

“Pensé que esto nunca me pasaría a mí…” Se han vestido de una dignidad nueva, han levantado la cabeza y han pedido ayuda porque sabían que no iban a poder solos. Estos valientes han perdido amigos, que no eran tales. Y también saben que los que quedan a su lado son incondicionales y para siempre porque, aunque la vida les esté dando la espada, ellos marchan a su lado con la mano tendida, sin preguntar.

Estos valientes aparcan sus penas y tapan sus heridas para repartir abrazos y regalar sonrisas. Han aprendido a esconder a sus hijos los noes en un cuento y a envolverlos en abrazos, haciendo listas de todas las cosas hermosas que se pueden hacer sin dinero y queriéndoles con el alma, con los ojos, con las manos, con los labios… Sin reservas. Amor a tumba abierta. Su lucha es también por ellos, es sobre todo por ellos.

En esta guerra, los valientes han llorado más que nadie, escondidos, desbordados y sacudidos por la angustia, por la inseguridad, por el miedo. Pero en el fondo sabían, saben, que necesitan tener miedo y que son valientes porque lo tienen y es lo que les mueve. Están aprendiendo a vivir de otra manera. Y también a solas, lamentando ausencias y celebrando presencias, se han dado cuenta de que, cuando ya no se tiene nada, es cuando puede ganarse todo. Levantándose una y otra vez.

Han aprendido a no ser lo que los demás esperan, porque tienen que ser ellos por encima de todo. Y están creciendo como personas, aprendiendo en y de lo malo. Y saldrán adelante, reforzados, nuevos. Sonreirán y alcanzarán a la vida traidora y la girarán de golpe y la mirarán a los ojos diciéndole “yo he podido contigo, y ahora voy a vivirte con mis reglas”.  Y a pesar de todo se abrazarán a ella con más ganas y más motivos que nunca. Se llenarán de vida nueva.

Porque siempre se levantaron.

 

“El valiente no es el que no siente miedo, sino el que a pesar de tenerlo actúa.”

Anónimo.

 

 

 

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3 pensamientos en “Donde luchan los valientes.

  1. Me ha encantado como siempre que escribes. No muy de acuerdo en llamarlo guerra, pues me gusta el dicho siciliano de soldado que huye sirve para otra guerra. Me gusta más lucha y en ella es más importante es tener la convicción y los motivos por los que hacerlo que la enorme dureza y la duración del combate . Un beso muy fuerte mi compi del alma.

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