La terapia del armario.

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“Desterrad el odio y el rencor de vuestras vidas: Es una de las formulas mágicas de la no infelicidad“. En pleno desayuno con mis hijos, se me ha caído esta frase de la boca.

Así, de golpe y porrazo y sin anestesia ni nada. Sin ser Yoda ni nada de eso. De repente las palabras han bajado de mi cerebro, acudido a mi boca (de momento siguen el orden deseable) y han salido disparadas, sin pedir permiso, para tomar al asalto el desayuno de mis herederos.

Durante el segundo inmediatamente posterior a mi frase lapidaria, mi hijo ha dejado de mojar su galleta en leche y la pequeña se ha quedado con  la cucharilla llena de yogur y cereales a medio camino. Se han mirado el uno al otro, han puesto esa media sonrisa picarona de “mamá se pone intensa, corre, busca refugio“. Y ya. Vuelta a la normalidad. Ha sido solo un segundo, pero mis hijos ya estaban en guardia. Y descojonados, seamos sinceros.

Y todo por limpiar armarios. Sí, no pongáis esa cara. Los armarios establecen un paralelismo perfecto con la vida. Y su limpieza es terapéutica.

Grandes o pequeños. Aparentemente ordenados o la representación del caos. Cerrados, todos parecen perfectos, y algunos cuando se abren dejan al aire muchas vergüenzas.

Cuando limpias un armario encuentras prendas que nunca te pusiste, y que compraste dejándote arrastrar por un mal impulso (Todo el mundo sabe que hay impulsos buenos y malos, eso es de primero de armarios, y posiblemente este fue de los de “si lo tiene Menganita, ya me dirás por qué no lo voy a tener yo. Lo compro y punto”) También te das de morros con esa otra prenda, la que ya no vale para nada, pero que te trae recuerdos. Recuerdos tres tallas menores y diez años más jóvenes. Nada más. Zapatos que te aprietan, sombreros imposibles, aquella camiseta que creías que se había tragado la tierra y que te súper encantaba y que aparece, hecha un gurruño, debajo de (el montón de) las zapatillas de correr… Que digo yo que no te gustaría tanto si acabó ahí. Pero bueno.

Abrir la puerta de tu armario es un ritual casi místico, y que acojona un poco porque, como en tu vida, nunca sabes qué va a aparecer dentro. El supuesto orden puede esconder una orgía de faldas y vestidos. Y te aseguro que por muy limpia y ordenada que creas ser, algo de mierda vas a encontrar dentro. Créeme.

Tienes que abrir cajones y tirar lo que no vale; por muy bonito que sea el recuerdo al que te transporta, ya no tiene utilidad y todos sabemos que vivir de recuerdos es como ponerse unos zapatos pequeños: Te acaban haciendo herida.

Para limpiar el armario hay que echarle pelotas. No puedes andarte con miramientos y debes tener claro que, una vez que lo abres y te enfrentas a las camisas de otras temporadas que languidecen colgando en sus perchas, a pantalones rotos que dejaste de usar hace años, a jerséis llenos de pelotillas…, una vez que pones en marcha la Brigada del Orden, no debería haber marcha atrás, bajo-ningún-concepto. Y ten claro que como no tires, ordenes y limpies, la próxima vez que abras el armario será mucho peor… Eso, si te atreves.

Además, todo el mundo sabe que un armario mal ordenado hace que las cosas buenas se mezclen con las malas y todo se confunda, y que cuando quieras echar mano de aquél vestido que te hacia un culo estupendo, lo encuentres inservible y apolillado en un rincón. Es el peligro que entraña el armario abandonado.

Queridos, queridas: Hay que limpiar armarios, porque tirar y ordenar es terapéutico, sí o sí y te deja como nuevo. Hay que ordenar armarios, aunque luego les digas cosas raras a tus hijos durante el desayuno y te miren como si te estuvieras volviendo azul o fueras a salir volando. Y mira que estoy casi segura de que lo de la frase tan tremenda, esa de la hora del desayuno, de la que os hablaba al principio de este despropósito de palabras con más palabras, esa frase, ha sido por culpa de aquellos zapatos, los negros. Los que compré , movida por un impulso de los malos y con prisas, y que me acabaron haciendo tanto daño. Y creo que les odié un poquito. Pero ya no. Porque ordené el armario y supe que el odio y el rencor invaden espacios útiles y hay que sacarlos, cantando, a patadas o con los GEO, del rincón donde se atrincheran, Y tirarlos a la basura. Sin contemplaciones.

Y ya no hay zapatos. Ahora tengo un par de camisetas de flores, preciosas. Esas camisetas que ocupan poco, pero te sientan de lujo. Y además, ahora puedo abrir el armario sin importarme que haya gente delante. A ver cuánto dura.

Insisto: limpiad armarios.

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5 pensamientos en “La terapia del armario.

  1. Estoy totalmente de acuerdo contigo, limpiar armarios también limpia el alma. Yo lo practico de vez en cuando y me sienta fenomenal. Cada vez le tengo menos apego a las cosas materiales. No hay que aferrarse tanto a las cosas, hay que intentar avanzar siempre.

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