Ven, acércate…

Ven, acércate, que voy a contarte al oído, despacito, susurrando, por última vez, que las dudas matan y que el frío quema. Que nadie nunca ganó huyendo, y que vivir sin arriesgarse es estar muerto.  Que nunca más. Que querer no es pintar mi nombre en la arena, ni deshojar margaritas, ni arrastrarme a tus infiernos. Que para bailar al compás hay que sentir la misma música.

Ven, acércate, que voy a mirarte a los ojos, esos que nunca lloraron conmigo, esos que evitaban los míos cuando te buscaban, pidiendo abrazos, y voy a decirte que nunca pude ser la mujer de tu vida porque he luchado por serlo de la mía, y que mi única dueña soy yo. Que cuando se quiere, no hay normas, ni condiciones; que no hay dueños ni esclavos. Que independencia y libertad también son amor; que querer no es un secuestro y que las dictaduras no pertenecen al corazón. Que las historias de amor se escriben entre dos.

Ven, acércate, que mientras acaricio tu rostro y te tomo las manos, voy a contarte que me mataste las ganas a golpe de silencios, Que rompiste el deseo en mil pedazos, uno por cada excusa.  Que sola llegué y sola me voy.  Que el cuerpo se marchita, pero las almas son eternas, y que la tuya y la mía nunca se encontraron, que se borraron a fuerza de dar vueltas por el purgatorio de la mentira que nos inventamos para ser felices,

Ven, acércate, que voy a hablarte. Voy a conjurar tus silencios con mis verdades, voy a saltarme tus normas y a decirte que yo te quise. Que lo hice a mi manera, sin alardes y en silencio, librando batalla tras batalla contra tus contradicciones, contra tus hoy sí y mañana no.  Que me estrellé, una y otra vez, hasta partirme en dos, contra el muro, frío, de tu indiferencia.

Ven, acércate, que voy a oler tu miedo. Ese que no te dejó caminar. El que te rompió las piernas y te robó el brillo de la mirada. Ese miedo atroz que te poseyó en silenció, que te hizo suyo y te ató a una vida gris, anodina y vulgar. Esa vida plana, en la que el futuro se comía el presente dejándote, dejándonos, desnudos de hoy y llorando por el ayer malgastado. Ese miedo que te encerró en ti mismo y al que le diste la libertad, esa que a mí me negaste, para que trazara tus planes y escribiera el guión de tu vida.

Ven, acércate, siéntate a mi lado, levanta la cabeza y descubre que nuestro tiempo se acabó, que ya no hay imposiciones, ni nombres pintados en  la arena, ni música para bailar. Que te ha vencido el miedo. Que ya no quiero silencios, ni excusas, que sigo siendo mía, y que sí, te quise.

Ven, acércate y abrázame fuerte, que vamos a decirnos adiós.

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