Olvido

Te olvidaste de los dos. Te olvidaste de ti, acostumbrado a vivir de recuerdos, a imaginar el futuro, a escribir historias imposibles con final feliz solo en tu cabeza. A ella la fuiste olvidando poco a poco con cada palabra inventada.

Te escondiste en el cajón de los trastos rotos para seguir contándote cuentos, para seguir, rescatando recuerdos y abandonarte en fantasías, y acabaste acomodado entre un reloj sin pilas y un corazón de barro, seco, agrietado, como ese que tu sobrina pequeña se empeñaba en regalarte todos los 14 de febrero, porque era tradición en tu familia celebrar el amor y porque ella sentía debilidad por ti.

Te negaste a ti, y a ella. Y relegaste quererte y quererla a un segundo plano, como una tarea menor, algo que ya no sale solo. Sucumbiste a la inercia, descendiendo al infierno de la rutina y del descuido, porque pensabas que ya estaba todo hecho y que ya era suficiente.

Te olvidaste de mirarla como antes, con esa mirada intensa y llena de palabras; esa mirada que le rodeaba el alma y se la abrazaba, esa mirada que le decía, bajito, que no estaba sola, mientras ella hacía que no se daba cuenta y tú fingías que no sabías que sabía.

Entre historias inventadas, perdiste aquella mirada que la elevaba sobre el suelo y la hacía caminar de puntillas, casi volando, dejando reposar después un pie en el suelo y luego el otro, mientras sus caderas seguían el compás de aquellos pasos y  se enredaban, perversas, con tus pensamientos. Porque ella lo sabía. Sabía que cuando se movía así, te volvías loco. Y después, coqueta, se recogía distraída el pelo en un moño imposible adornado con flecos dorados, y lo apuntalaba con ese lápiz que solías mordisquear mientras hacías el crucigrama, para que jugaras a buscarlo en su pelo.

Abandonaste aquella urgencia por sentirla, la necesidad de quitarle la ropa, primero con calma, botón a botón, beso a beso, susurro a susurro, hablando con los ojos, que gritaban de deseo. Dejaste de sentir su calor antes del primer abrazo, ese que te hacía perder la cabeza, te aceleraba el corazón y tras el que nacía la urgencia de arrancarle la ropa, hambrientos el uno del otro. Renunciaste a ese arrebato de dulzura en el que la depositabas en la cama antes de volver al ritual salvaje del sexo con amor y del amor con sexo, para  perderte entre su cuerpo y las sábanas, para dibujarla entera con caricias, sumergirte entre sus piernas, renacer en sus abrazos,  respirar en sus jadeos y temblar de placer.

Dejaste de escucharla. Aquellas charlas suyas sin pies ni cabeza, que te arrancaban sonrisas de puro locas. Charlas en las que hacía de la vida una aventura, solo para hacerte reir, mientras sus manos danzaban, recogiendo las palabras y lanzándolas al viento, suavemente unas veces, con fuerza otras, para darles el valor justo. Porque sus manos bailaban la historias que cantaba su voz. Esa voz que dejaste de escuchar porque creías que ya lo sabías todo de ella.

Te olvidaste de ti, y de ella. Te perdiste en aquellas historias irrealizables que escribías tú solo en tu cabeza, eligiendo sin pensar, planteamiento, nudo y desenlace. Te fuiste instalando poco a poco en esa nada que inventabas con cada capítulo imposible, en tu propio olvido. Y en el de ella.

Ella te borró poco a poco. Lágrima a lágrima fue disolviendo miradas, abrazos, susurros, caricias y palabras. Suspiro a suspiro fue sacándote de dentro y lanzándote contra el olvido que hacía tiempo que tú ya habías elegido como destino; y llegaste ese cajón de los trastos rotos, y te acomodaste entre el reloj sin pila y el corazón de barro.

Y se acabó.

Yo aquí, escribiéndote. Tú allá, borrándote.
Jaime Sabines
PD. Y gracias de nuevo Marc por vestir mi post de gala con tu arte, por sacarle todos los defectos. Por ayudarme a parirlo. Y por todo. Porque estás siempre a mi lado, y eso no tiene precio.
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