Te solo.

2014-03-03 15 bnUna mañana fresca de primavera, un te solo, caliente. Ella gira la cucharilla distraída, mientras piensa por qué. Acaban de obligarle a escribir “fin”. Ella no quería. Él no se atrevía. Ni siquiera le tuvo delante, ni siquiera escuchó un “tenemos que hablar”, esas tres palabras que conducen irremisiblemente a tres letras. Él  puso el lápiz en su mano, ella hizo el trabajo sucio.

“Plink”

Un lágrima cae al te.

Ella no es consciente de su llanto. Está inmóvil, mirando a lo lejos, sintiendo el vacío. Pasa, descuidada, una mano por la cara y descubre su mejilla húmeda. Es lo que ocurre cuando el corazón te rebosa de lágrimas, que acaban cayendo solas, saladas. Al te, solo.

“Plink”

Otra lágrima más.

Se pregunta cuándo dejaron de bailar al compás, y empezaron a cantar desafinando, dejando de susurrarse “te quieros” al oído. Cuándo se esfumaron las miradas cómplices, cuándo los reproches se hicieron eternos y empezaron a empañarlo todo. Cuándo empezó a gobernar el vacío y el silencio, cuándo empezó a perderse todo detrás de un cristal.

“Plink, plink, plink…”

Ahora sabe que llora y no le importa. Lo hace en silencio, consciente del llanto, que resbala por sus mejillas, y cae, caliente, como el te, solo. Sin estridencias, suavemente, las lágrimas brotan por la inercia del recuerdo, casi con dulzura, una tras otra. Hay que achicar penas, hacer hueco. Caen al te, solo, y se diluyen, amargas, en el líquido dulce y humeante.

– Nena, la felicidad nace de dentro. No puedes hacer que dependa de otros, porque nunca será completa. Ni será.

– Sí. Claro…

Ella es moderadamente feliz… a ratos. Ha aprendido a ver lo grande de los pequeños momentos, y los disfruta con ganas. Valora los detalles, poderosos en su aparente insignificancia, imborrables y eternos. Pero a ella también le hacía feliz que él le sostuviera la cara entre sus manos y le besara la punta de la nariz. Ella sonreía cuando él la miraba de aquélla forma, cuando le sentía, dentro o cerca, poderoso; cuando le escuchaba, cuando le respiraba. A veces y sólo a veces, un instante de felicidad depende de otra persona. Y esa felicidad se había esfumado de repente, dejando un reguero interminable de preguntas sin respuesta.

Las lágrimas se han abierto camino, libres, y el llanto silencioso es constante y sereno. Mueve el te, solo. Bebe y piensa que él le ha engañado. Esas cosas que las mujeres saben, porque su intuición es la más poderosa de las certezas. Y no comprende porqué. Él idealizó la relación, y le hizo creer que tenía que ser así para ser verdadera. Y él fue huyendo de la realidad, negándose a pelear con las dificultades, eludiendo plantar cara a los problemas por pereza, por cobardía, por desamor… Y ella, anclada a sus deseos, no hizo nada por abrirle los ojos, por hacerle ver que las cosas son así, que las rosas tienen espinas y que todo cuesta. Y dejarse llevar fue su error. Y ahora, entre los dos solo hay distancia, frío y silencio. Él, apuntalado por su orgullo, levanta la cabeza y mira por enésima vez hacia otro lado, para no ver cómo ella escribe, obligada, lo que él no se atreve a pronunciar. Y ella, mientras, ahogándose en el desconcierto, resistiéndose a mover el lápiz, a poner el punto y final, a tirar la toalla sin pelear.

Porque unos días antes, habían visto la luz, y ella había vuelto a sentirle cerca. Habían vuelto a bailar al compás, habían vuelto a cantar juntos, a susurrarse “te quieros” al oído y a mirarse el alma, con los ojos brillantes. Y ella volvía a sentir que la voluntad de querer derrumbaba el muro levantado por el silencio. Pensaba que se acortaban distancias y que llegaban las segundas oportunidades de la mano del perdón, de las ganas, del amor.

Y de repente, vuelve a explotar el silencio, atronador.  Un adiós nunca dicho se grita, las ganas se baten, cobardes, en retirada, dejando el camino sembrado, otra vez, de los mismos reproches, de miedos. Y regado con lágrimas.

Y con un te, solo. Frío.

 

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