Ojos de niña

ojos de niñaAyer mi hija irrumpió en la cocina como un torbelino mientras me peleaba con la tostadora. Los ojos brillantes, saltando, dando palmas con ese entusiasmo que es propiedad privada de niñas felices de 7 años.

Mami, corre mira, ven… Corre mami ¡QUE CORRAS! que tengo una sorpresa para ti. Tienes que venir a la terraza de tu habitación, pero dame la mano y luego cierra los ojos… ¡ya verás lo que he visto!”.

Mami sonríe (siempre lo hago cuando miro a mis hijos, es pura inercia) abandona la batalla con el tostador  y se va detrás de la pequeña que sigue dando saltos y agitando los brazos hacía arriba y hacia abajo, como si bailaran al compás de la felicidad que ese descubrimiento produce en ella.

Antes, imprescindible, el ritual previo: “ven, agáchate aquí, te tengo que tapar los ojos que si no, no es una sorpresa”. Y obedezco todas y cada una de sus peticiones, feliz y divertida, conteniendo la sonrisa,  cambiando los papeles por unos minutos, jugando a ser la niña.

“Mira mami, un corazón”. 

Es un corazón pequeño, casi invisible. En el centro de un tallo diminuto, y eso hace de su descubrimiento magia pura: ha visto un corazón “y decías que las plantas no tienen corazón, mamá, y es mentira”.

Miro el corazón, con el mío latiendo a toda velocidad, jaleado por otro de madera, pequeño y mágico, y acto seguido a los ojos de mi hija, que me están devolviendo la mirada, asombrados, orgullosos de ver donde nadie ve, porque están conectados al alma, sonrientes, abiertos de par en par, chisporroteando de ilusión: “¿Has visto qué bonito, mami?”.

“Muy bonito, mi vida”. La abrazo tratando de no romperla de puro amor, la beso y la digo que no cambie nunca, que ha hecho un descubrimiento precioso y especial, como ella, y que ver corazones en sitios secretos es cosa de princesas. Y que ella es mi princesa.

Y vuelve al salón, con sus brazos bailarines y el brillo en los ojos, y se sienta feliz a comerse una manzana,  orgullosa de haber visto algo mágico. Y la observo y siento que va a seguir buscando corazones por todas partes toda su vida. Miro su carita satisfecha y  pienso que me gustaría ver siempre el mundo con ojos de niña, y descubrir corazones y flores secretas en sitios imposibles. Creer en la magia y en abrazos que lo curan todo.  Saber que, cuando se tiene miedo, una hada te acaricia con sus alas y entonces te quedas dormida y tienes sueños bonitos. Ver la grandeza de las cosas pequeñas, porque eso es estar vivo (lo que ella llama terraza, en un balcón grande) Que la belleza es un tesoro, que está escondido y que los niños son los maestros en encontrar tesoros.

Envidio la honestidad emocional de los niños, y desconozco por qué que con el paso de los años se transforma en la hostilidad emocional de algunos adultos. Vamos cogiendo las piedras del camino y en lugar de sacar el corazón o  la flor que llevan dentro, construímos muros con ellas, para protegernos de lo que sentimos. Envidio y aliento la capacidad de mi hija para decir lo que siente, como lo siente y cuando lo siente, aunque llore, porque sentir es lo mejor que nos puede pasar.

No se. Definitivamente, creo que hacerse mayor no mola.

 

Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños.
Khalil Gibran
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