Mamás buenas. Mamás malas.

Hace ya más de un año escribía sobre mi visión “emocional” de la maternidad. Hace más de un año que despeloté mi alma, y que os conté todo lo que ha supuesto para mi ser madre.

Sigo pensando lo mismo, sigo suscribiendo cada letra, cada punto y cada coma de ese post, y creo que nunca habrá nada mejor en mi vida , ni nada que me produzca mayor satisfacción que el hecho de ser madre (dejando al margen la posibilidad de encadenar tres orgasmos seguidos, claro)

Exceptuando consideraciones emocionales profundas y hazañas sexuales aún no alcanzadas, me sorprende la actitud de algunas mujeres cuando se convierten en madres.

mamas buenas y malas1Si obviamos los tres primeros meses (bueno, vale, los cinco primeros) en los que todo es un caos, y te resulta más fácil pasear por casa desnuda de cintura para arriba con un bebé agarrado a la teta, has olvidado las palabras, sexo, depilatorio y maquillaje (y más aún si eres primeriza) y ordenas la ropa en “montón sucio y montón limpio“, no entiendo la negación de la feminidad y de su propio yo que experimentan algunas mujeres tras ser madres.

Circulan por Internet una gran variedad de listas de cosas que las mamás buenas y abnegadas hacen por sus hijos y dejan de hacer por ellas mismas, que no comparto en absoluto, porque parto de la base de que, para ser madre, hay una condición indispensable previa, que es la de ser mujer y  a la que no se debe renunciar bajo ningún concepto.

Es cuando entiendo que las mamás buenas tienen su némesis en las mamás malas. Las mamás malas, somos las que tras superar el caos postparto queremos (estrías y flaccidez al margen) ser casi las mismas que éramos antes de parir.

Las mamás malas llevamos bolsos enormes  llenos de pañales y mudas de niño, en los que caben una medias de repuesto por si las moscas. Entre las toallitas asoman barras de labios y perfiladores de ojos, y a lado de la crema para el culo, está la crema de manos.  Jamás olvidamos salir de casa con el termo de la papìlla, y tampoco sin los preservativos, o el perfume.

El sacaleches es un invento maravilloso para prolongar la lactancia materna en el tiempo y también, para dejarle a un ser humano responsable un par de biberones (y a tu hijo) mientras sales a tomar un café, a dar un paseo, a cotorrear con tus amigas, a correr una maratón, o simplemente te das un baño o te tiras  en la cama (sola o acompañada) a mirar el techo (o no). Las mamás malas podemos pasar días y días a los pies de la cama, termómetro en una mano y palangana en la otra, pero luego querremos (y exigiremos) huir un fin de semana, para tener un mojito en una mano y un libro en la otra.

Las mamás malas no dejamos de depilarnos, de tener sexo (ehmm…) de arreglarnos, de tratar de meternos en ESE vestido, y de hacernos los pies,  las manos e intentar que el pelo esté medianamente presentable. Cantamos canciones, e inventamos historias; damos besos mágicos, de esos que lo curan todo, buscamos formas en las nubes. Quitamos piojos, cosemos botones y hacemos trenzas. Jugamos al escondite, al veo-veo… y a los médicos.

Cada vez que veo a una mujer que ha dejado serlo para transformarse en una sombra de sus hijos, en su prolongación, en su asistente personal, se apodera de mi una rabia infinita. Porque las madres debemos ser luz para nuestros churumbeles, y dejarte, oscurecerte, no volver a ser la que eras, y creer que eres mejor madre por vivir asfixiada entre pañales, papillas y horarios, es un error. En la medida de tus posibilidades, y licencias poéticas aparte, estamos obligadas, por nosotras y por nuestros hijos, a ser otra vez las de antes.

No se trata de ser una madre de anuncio las 24 horas del día, y a las tres horas de haber parido, pero sí de irte recomponiendo poco a poco, hasta que vuelves a ser tú. Mi pensamiento es que, dejar de ser persona por ser madre, relegarlo todo a un segundo plano por criar a tus hijos, no es un buen ejemplo para ellos. Considero que la figura de madre abnegada no es buena, ni ayuda a que la mujer alcance en la sociedad la posición que merece y además, es muy poco ejemplarizante y está anticuada;  encasilla en un rol del que yo, particularmente, huyo despavorida. Y lastra, dejándote, más o menos, al lado de Mercedes Alcántara.

Amar, cuidar y educar a nuestros hijos, siempre. Inculcarles valores, ayudarles a ser alguien, sin duda. Olvidarnos de que somos personas y de que estamos vivas, nunca.

¿Eres mamá buena o eres mamá mala?

 

 

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4 pensamientos en “Mamás buenas. Mamás malas.

    • De eso no cabe duda. Pero se supone que hay cosas que una “buena mamá” no debería hacer ya nunca más… esos estereotipos caducos que hay que romper.
      Un beso infinito.

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