Historias de amor

Érase una vez muchas historias de amor, escritas con risas, con lágrimas, con sangre. Sobre trozos del alma o grabadas a fuego en la piel. Cortas, dulces, lentas, suaves, largas, amargas… Érase una vez, trocitos de vida.

Las historias de amor acaban siempre, siendo como es, eterno, el amor. Tras comer perdices y ser felices  a ratos, porque ser feliz siempre no es ser feliz, cuando la muerte pone el punto y final. O empachadas tras el atracón de desengaño y de amargura. Todas las historias de amor tienen principio y fin.

Escritas a golpe de indecisión, a trompicones, con tachaduras y borrones al principio,  buscando las palabras para empezar a contarlas, sin saber si son o si serán; poniendo  puntos suspensivos, porque quizás es hoy, o puede ser mañana, o no sabes si quieres que sea.

Abres paréntesis y los llenas de dudas, embarulladas con sentimientos  que han surgido de la nada, que han entrado sin llamar. Porque los 264sentimientos te asaltan siempre a traición, cuando no los esperas, y crees que no los quieres. Los sentimientos son inoportunos, y confunden; se niegan hasta que se comprenden y se asumen. Y cuando eso ocurre, ya llevas tiempo enganchado a ellos, sin saberlo.

Las historias de amor se comienzan a escribir mano a mano y entre dos. Con valor, con deseo, con timidez, con pudor, con pasión. Teñidas, a veces,  de celos, de despecho, de angustia… Porque “no hay nada peor que la angustia de vivir enamorado”.  Se escriben jugando, entre guiños, al son del ahora sí, ahora no, entre tiras y aflojas, midiendo los tiempos y siendo cabal. Hasta que tu propia historia corre más que tú y te atropella.

Y ya no se escribe. Se vive. Y es cuando se pierde el control, salta por los aires, explota; si el argumento es bueno,  un capítulo se encadenará al siguiente, casi sin pensar, como un latido sigue a otro, como la propia respiración:  porque tiene que ser así. Más tristes, más dulces, más cortos, más amargos, intensos. Pero seguidos. Si hemos elegido bien las palabras , acabará la historia pero no el amor.

Todo se complica cuando acaba el amor y no la historia. Cuando no hay palabras, no hay manos, no hay puntos, no hay comas, no hay nada. Y la angustia de vivir enamorado, se convierte en el dolor de vivir encadenado. Cuando escribir “Fin” te arranca las ganas de cuajo,  te ahogas, no quieres, y crees que ya no puedes. Cuando escribir tres letras cuesta más que todas las palabras del mundo.

Cuando eso ocurre, hay recoger las ganas del suelo, tomar aire, querer,  poder y  grabar “FIN” a fuego, aunque pensemos que se nos escapa la vida, y que no ya hay nada más, aún cuando todavía no sepamos que solo es UN fin, pequeño y necesario, y no el final de los finales.  Cuando eso ocurre hay que dejar la pluma,  y saber que es necesario acabar, para tener la oportunidad de comenzar de nuevo.

Fin.

 

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