De cajas y propósitos

quererTiempo sin abrir la Caja. Descuidándola.

Y me ha costado volver, queriéndola como la quiero. Es mi cajón desastre,  mi cofre del tesoro, preñadito de  recuerdos.  Es una parte de mi. Aquí hay pedazos de vida, retales de alma, corazones tendidos al sol para que vuelvan a la vida. Hay verdades y hay mentiras.  Hay sonrisas y lágrimas. Y escondidas, sonriendo, picaronas, quedan aún muchas historias por contar.

Al levantar la tapa de nuevo, con cuidado para  que nada escape, al asomarme a mi Caja, arrepentida de la dejadez que me ha llevado a arrinconarla, he visto a las penas jugar con las risas, he cazado al presente, atrevido,  levantando la falda al futuro, mirando sus bragas, mientras el pasado, remolón, duerme con un ojo medio abierto.  Seguro que sonaba música, porque una caja sin música es menos caja, pero no la escuchaba porque  un pensamiento me ha asaltado por sorpresa, como un pellizco en el trasero:

“Algo que se quiere no se puede abandonar.”

Y mi corazón se ha puesto a latir más deprisa, y mis dedos han empezado a volar por el teclado. Y me he dado cuenta de que cuando se quiere no se abandona y se lucha. Y hay quereres y quereres. Y queriendo querer no hay excusas que valgan. Y he decidido que “nunca más”, que mi Caja es mía y que voy a mimarla. Porque, ella solo me ha dado satisfacciones y ha puesto a gente estupenda en mi camino. Porque me lo ha dado todo, y no puedo dejarla arrinconada en una esquina, cubierta de tuits. No.

Ya, ya lo se: no tiene que gustarle a todo el mundo. Es como los hijos: las madres perdemos la objetividad con ellos. Oye, pues con no mirarla, listo, ¿no? Pues ya está, decidido. Todos (bueno, venga, vale: casi todos) los días me asomo por aquí, y dejo una reflexión. Que no se diga. Que eres una chica voluntariosa. Tú, que te levantas a horas incompatibles con la salud mental para correr kilómetros y kilómetros ¿no puedes dedicar tiempo a otra de tus pasiones? Rubia, rubia… Mal vamos.

Y en estado pseudoorgásmico, después de los besos que no he llegado a darme, porque besarse sola es un imposible. Pasados los vivas y los yupis, con palmoteo y saltitos. Rebosante de amor propio tras los “molas mazo rubia” , los abrazos y otras expresiones de autocoaching. Oyendo el sonido de las fanfarrias y el viendo el vuelo del confeti (pagado de mi bolsillo), he tenido una revelación, y me he dado cuenta de que, con voluntad y si es buena, mejor, se puede hacer la vida más fácil a los que queremos, y además de dejar aquí (casi todos los días) un trocito de mi, me he propuesto:

– Dar un beso. O dos… o tres.

– Decir un “te quiero” sincero.

– Acariciar y abrazar a mis hijos.

– Decir siempre la verdad.

– Saber decirla sin que duela.

– No juzgar nunca a nadie.

– Intentar no hacer daño, al menos de forma consciente.

– Pedir perdón, y perdonar.

– Y… sonreír con el corazón, con los ojos y con el alma, al menos, una vez al día.

Como dice un proverbio chino

“La gente se arregla todos los días el cabello. ¿Por qué no el corazón?”

Veremos si lo consigo. Todo.

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6 pensamientos en “De cajas y propósitos

  1. Mi querida rubia me apunto tus propósitos como míos para cada día e intentaré arreglar mi corazón cada día como arreglo mi pelo…Bss

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