“Erase una vez…”

2012-10-24 15.48.26Siempre que leemos  “Érase una vez…” sabemos que comienza un cuento. Y con seguridad, y de forma inmediata, pensamos en una historia de hadas, brujas, princesas y príncipes, que pasean por nuestra imaginación, y protagonizan una historia de amor con un final feliz.

“Erase una vez”  es una expresión evocadora. Nos rescata del presente y nos hace volar a la infancia. A un pasado feliz. Se nos pierde la mirada en ninguna parte, mientras nos regalamos la memoria con recuerdos, envueltos en la neblina de los años, vestidos con la pátina del tiempo, que los protege y embellece. Recuerdos que hacen asomar en tu cara una sonrisa, preñada de melancolía, que te hacen agitar suavemente la cabeza. Y entornas los ojos, mientras tratas de sumergirte en ellos, para empaparte de esa nostalgia plácida, que te abraza suavemente. Que te mece con dulzura, y da calor.

Pero todo cambia. Ahora, “Erase una vez” anuncia el principio del fin. El fin de una historia que se narra pintada de tristeza, que cuenta de manos hundidas, hasta el fondo, en bolsillos vacíos. Una historia de soledad y de amargura. De ojos eternamente empañados por la angustia y el miedo.  Esa historia que cuenta cómo unas manos cansadas y temblorosas, salen de los bolsillos, vacíos, y desdibujan sonrisas de mentira, sonrisas que esconden lágrimas, para que otras sonrisas, más sinceras, más tiernas, más inocentes, cobren vida. Manos que han perdido la magia.

Puede que “Erase una vez”  nos hable de un corazón, cansado de latir, por una vida desdeñosa  y despechada, que le desprecia,  le asfixia y le llena de agujeros, que acaban mal cosidos, y revientan de pena, tiñéndolo todo con una sangre oscura y vieja, como su dolor.  Un corazón sumido en la negrura del abandono,  en la batalla continua  que supone tomar una bocanada de aire al levantar la cabeza, esquivando, con poca suerte, los golpes. Sin apenas erguir los hombros. Sin poder sacudirse el miedo.
2012-10-26 09.48.46“Erase una vez” ya no habla ni de amor, ni de sueños, ni de finales felices.  Habla de rencores y de incomprensión. Habla del vacío. De almas negras y sucias, rotas por el desuso,  vendidas a precio de saldo. De esa dignidad que ha muerto, o que en el mejor de los casos, se ha prostituido a cambio de nada. De traicionar sentimientos e ideas. De egoísmo a manos llenas, de mediocridad. De barcos hundidos sin tesoro.

Las lágrimas espesas y amargas que hacen del llanto otro llanto, el camino bordeando el precipicio, la nada  y la derrota, ahora comienzan con “Erase una vez”.  Coleccionar cadáveres y amontonarlos. Trepar sobre ellos para alcanzar la cima, secuestrar libertades y aniquilar sueños. La miseria es “Érase una vez”.

La soledad, el odio, la venganza. La codicia, la usura, la soberbia. Todo comienza  por “Érase una vez”.  Hemos muerto y nos descomponemos. Hedimos.

Erase una vez, el principio del fin.

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Un pensamiento en ““Erase una vez…”

  1. Todo ente gregario esconde la mentira de entrega al grupo, a la pareja, pues su verdadera y única vocación es salvar cuanto porta: su yo.

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