De otras primaveras (I)

Corría el año 1989. En concreto el mes de abril. Primavera. Una reforma de los planes de estudios, había puesto en jaque a las universidades de Biología de muchas provincias españolas.

El ministerio de Educación que, por aquel entonces dirigía Javier Solana,  y el Consejo de Universidades, cuya Secretaria General era Elisa Perez Vera, querían reducir de 5 a 4 años la duración de la licenciatura de CC. Biológicas, lo que ponía en entredicho su competitividad y su valor académico/científico al compararla con otras disciplinas del ámbito bio-sanitario (Veterinaria, Farmacia, Medicina…)  Lo llamamos el “Plan Nieto”

Los estudiantes de Biología decidimos luchar por lo que creíamos justo y empezaron las movilizaciones. Encierros, manifestaciones de toda índole, protestas originales, empezaron a tomar forma durante esa otra primavera, hace ya 23 años.

Dejando al margen consideraciones ideológicas, y con el firme convencimiento personal de que la educación, en este país, ha sido siempre moneda de cambio, sea cual sea el signo político del gobierno de turno, luchar por el futuro de la Biología en España, fue algo de lo que me siento muy orgullosa.

Y ahora, vosotros diréis, “¿y?” …

Pues que ahí va la historia de otra primavera que echó de menos a Twitter, que no tuvo un hashtag, ni tanta repercusión mediática y que me hizo madurar. Otra primavera que,  para nuestra desgracia, me permite afirmar que en las revueltas estudiantiles,  se dan dos máximas: una, que la actuación policial es casi siempre la salida, por muy pacíficamente que te manifiestes, que el diálogo con el “débil” no se contempla (porque lo unico que queríamos era que se nos escuchara), que cuando no se tienen argumentos, se argumenta con la fuerza. Y otra, que desgraciadamente,  hay gente que aprovecha reivindicaciones justas para descargar su adrenalina, frustración y así arrastrar por el lodo y desprestigiar  protestas legítimas, reventándolas.  Ni quiero, ni pretendo hacer semblanza histórica de la sociedad española del momento, ni de la situación política del país. Es, una vez más, contar una experiencia personal. Con todos los tintes emocionales que queráis darle.

Bien. Como os contaba, el Consejo de Universidades y el MEC ya habían perpetrado el plan. Los alumnos de Biológicas de la Complutense, a los que pronto se unieron de otras universidades de Madrid y España, decidimos organizarnos. Los que éramos representantes de alumnos, informamos a los demás compañeros y con el apoyo de los profesores, nos declaramos en huelga (exceptuando a tres o cuatro ratas que durante todo el tiempo que duraron las movilizaciones decidieron que la biblioteca –que un día, misteriosamente, apareció con las cerraduras selladas por silicona- era el mejor lugar para luchar por su futuro. Por el de ellos, única y exclusivamente) Como decía, iniciamos una huelga y decidimos empezar las movilizaciones.

He aquí la primera.

Queríamos que Felipe González nos recibiera. Así, para empezar, una menudencia, una nimiedad. Algo que está al alcance de cualquiera. Y allá que nos fuimos todos, en amor y compañía, al grito de “Basta ya!!!!” y “orgasmo, orgía somos de biología”. Muy ad hoc.

Llegamos a la puerta del Palacio de la Moncloa,  y la cara que puso el encantador (y sí, he dicho encantador) policía nacional que hacía guardia allí, cuando nos vio aparecer a todos, en manada, fue un poema.

– “Pero muchachos, qué hacéis aquí?!?!?”

– “Queremos ver al presidente.”

(Toma ya!)

Dicho lo cual nos sentamos pacíficamente a esperar. Nos pidieron los nombres de tres representantes y se los dimos. Pero nuestra inexperiencia e inocencia estaban ahí,  y no advertimos que nos estaban entreteniendo. Básicamente, y teniendo en cuenta lo que pasó después, era evidente que  debían tener desentrenados a los antidisturbios, y necesitaban un sparring.

El encantador policía de la puerta, que se las sabía todas, porque llevaba años allí, nos dijo “muchachos, salid de aquí cagando leches, que van a cargar, pero ya. Están llamando a unidades de antidisturbios”.

Como éramos conscientes de la peligrosidad (e ilegalidad) de la situación, y éramos estudiantes de Biología, pero no tontos, decidimos levantar el campamento, y largarnos de allí, por si las moscas.

Yo departía amigablemente con ese policía tan simpático sobre fútbol (no se me olvidará jamás, porque era del Atleti) mientras mis compañeros se levantaban. Fue cuestión de segundos. Se oyó un estruendo tal como si fuera a abrirse la tierra bajo nuestros pies. Miré hacia atrás y no había nadie. Ni a mi derecha, ni a mi izquierda. Y de repente, cascos blancos y uniformas marrones, blandiendo porras, salieron de la nada, por generación espontánea, supongo,  y pasaron por mi lado, levantando polvo. Como Atila.

Como yo conversaba con aquél policía, me obviaron. Pero eso duró poco. Vieron carne fresca y solitaria y vinieron a por mí. Yo, con un par de cojones (perdón) dije adiós al policía que me soltó un “ten mucho cuidado, hija” que ahora, 23 años después, me suena a  “tu vida está punto de acabar”. Me voy caminando tranquilamente (que ya me vale a mi, ¡¡semejante provocación!!), y ellos me siguen. Andando. Tambien. Dos rinocerontes marrones, resoplando, que me dan ventaja. Unos metros después entendería el por qué: el túnel.

Seguí andando, con un puntito de chulería, lo reconozco, y pensando (ingenua de mí) que dos mastodontes de ese tamaño no iban a hacer nada que no fuera  acojonar, a una mujer de poco más de 50 kilos.  Y de repente escuché el bramido:

“¿Quieres corres, joder? ¡Que corras te digo, coño!”

Pese al escalofrío que recorrió mi espalda, y que se me heló la sangre en las venas, pensé  que ya les llevaba bastante ventaja. Estaba a punto de meterme en el túnel, creyendo que era lo que me pondría definitivamente a salvo. Me había incorporado al grupo y había ya más compañeros  corriendo a mi lado. Creí que ya no había problema. Pero no fue así.

Fue cuestión de segundos que los dos rinocerontes me alcanzaran, que les oyera resoplar, con fuerza,  a mi espalda (siempre me alucinó la capacidad que tenían para moverse silenciosamente y a toda velocidad) en un abrir y cerrar de ojos, me habían alcanzado, y mientras uno “vigilaba”, el otro me daba porrazos en el culo, espalda y corvas mientras me decía “Corre, bonita, corre!! no te he dicho que corras?” Me volví, con una rabia que no he vuelto a sentir en mi vida y le escupí en su cara un “hijo de puta, como voy a correr si tú no me dejas?” Le miré a  los ojos (azules) que estaban llenos de ira y vi asomar un bigote pelirrojo. Me soltó. Y juraría que le jodió tener que hacerlo.

Salí del túnel y el panorama era dantesco. La carga había dado paso a los botes de humo y las pelotas de goma. Corríamos desesperados por el campus, en todas las direcciones,  tratando de ponernos a salvo. Algunos entramos en Periodismo y nos libramos de recibir más golpes. Otros intentaron disimular colocándose en las paradas de autobuses, consiguiendo que los estudiantes que no tenían nada que ver, recibieran más de un porrazo.  No había visto nada igual. Recordarlo, aún me hace temblar.

Lejos de arredrarnos, la carga nos espoleó. Los cardenales de los porrazos y de los pelotazos de goma se exhibían con cierto orgullo. Decidimos organizarnos (y os aseguro que de forma muy pacifica) y seguir protestando. Este primer enfrentamiento nos hizo reafirmarnos en lo justo de la reivindicación y en que había que seguir adelante, y así lo hicimos, con ganas de demostrar que no iba a ser facil dar nuestro brazo a torcer. Y llegaron más movilizaciones. Todas pacíficas. Todas originales, y todas, todas con la presencia de los antidisturbios.

Continuará…

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7 pensamientos en “De otras primaveras (I)

  1. Yo iba al insti,.. fue cuando más miedo tuve,… terror!! Policía Nacional montada a caballo dando palos por Sta. María de la cabeza en una de las manifas,… me encerré en el baño de un bar con un ataque de histeria.
    Jamás lo pasé tan mal. 😦

    • Cómo te comprendo!
      Por eso no entiendo eso de “no se han comportado con brutalidad, no se han excedido” Cuando estás debajo de la porra y les miras la cara, lo comprendes todo.
      Un abrazo.

  2. Bufff, lo tenía en un recóndito lugar de la memoria. Lo que sí recuerdo es la carrera por la zona de detrás de Periodismo, la desbandada general, allí recibía todo quisqui que se quedaba retrasado…y también recuerdo que por aquel entonces mi madre curraba en La Moncloa, y que en un corte de carreteras que hicimos me la encontré parada dentro del coche y diciéndome: Nacho, déjame pasar, y recuerdo que le dije: mamá, lo siento, pero no puedo….aún recuerdo ese: pues te quedas sin cenar!, que yo no llegaré a hacerte la cena!!!, para el anecdotarium de mi vida, jejejeje.
    Después me contó, porque les conoce, que los antidisturbios, no distinguen, son un poco como una fuerza irreprimible, que además está avalada por el anonimato, y que una vez se libera es difícil pararla. Me dijo textualmente: si ves que sacan a los antidisturbios, empieza a correr…también es cierto, que hoy en día pensaba que ya no eran tan bestias como hace años….

    • Me acordaba de muchos de nosotros cuando lo escribía. Y aun queda mucho que contar…
      Es cierto… lo de tu madre!! Nos hemos reído mucho después.

      Supongo que deben tener unas “condiciones” especiales. A veces creo que los tienen como en “La Naranja mecánica” Es tremendo

      Ay, Nacho, qué ilusión me hace que hayas comentado aquí!
      Un beso.

  3. Un post variado, como tú, lleno de profundidades y ratos de risas. Unos tiempos que nos has ayudado a muchos a recordar las carreras de fondo y golpes.

    Un besote..

  4. Lo cierto es que al final, siempre hay palos. Porque siempre se hacen cosas prohibidas o no permitidas. Puede que la diferencia está en que hoy hay mas personajes dispuestos a reventarlo todo que antes.
    Un saludo

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