Nada es para siempre (II)

“Te vas a arrepentir de ésto”…  El portazo no le permitió escuchar sus propias palabras. No daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Un  asombro que creia incapaz de sentir, le había poseído por completo en aquel instante, eterno e irreal, dejándole sin capacidad de reacción. “Cómo se ha atrevido a hacerme una cosa así?”  La pregunta martilleaba en su cabeza, mientras seguía sus pasos, mientras veia como se alejaba. Al mirarle marchar,tenía la impresión de que no ponía los pies en el suelo, intuía cierta cierta liberación en su forma de caminar, que parecía más segura que nunca. Observando cómo se empequeñecía su figura  a través de los retrovisores de su coche, trataba de buscar alguna justificación a lo injustificable, y con cada pensamiento, el asombro iba dando paso a la indignación. Y la indignación se transformó en rabia cuando desapareció completamente de su vista.

Pertenecía a ese grupo de personas que desconocía el significado de la palabra no. Esos que absorben a sus parejas, anulándolas, extrayendo su esencia, vampirizando  su alma para dejarles vacíos y alimentarles de sí mismos. Aquéllos que se creen poseedores de una personalidad arrolladora e implacable, pero que realmente no son nada.Y encajaba mal una derrota, porque esa palabra no entraba en su vocabulario; nunca tuvo que enfrentarse a esa amargura. Siempre lo tuvo todo. Pertenecía a esa clase de gente, más divina que humana,  que daba por sentado que nadie merecía su respeto a las primeras de cambio.

Rumiaba su rabia lentamente, como si quisiera alimentarse por última vez de lo que acababa de perder, de esa persona que, muy a su pesar, le había abandonado. Mascaba su furia con desesperación, y con ansiedad, como si supiera que no tenerle a su lado, no tener a su lado a alguien a quien destruir, implicara su propia desaparición. Y eso le hacía sentir un miedo inexplicable. Había herido su amor propio, y tuvo claro que esa herida iba a curarla a costa de lo que fuera. No había perdón posible para el daño recibido, su desprecio era imperdonable, y poner las cosas en su sitio pasó a ser su principal objetivo, obsesionándose a velocidad de vértigo. Repentina y peligrosamente… “las aguas volverán a su cauce, al precio que sea”

Se lo había dado todo, le había sacado de un pozo de desesperación y soledad, de la ruina emocional más absoluta. Le introdujo en un estaus que a todas luces no le pertenecía por cuna, y le enseño a comer, a vestir, a comportarse en sociedad. Le regaló la elegancia que no tenía, la educación que no había recibido. Le había creado. A su imagen y semejanza. Le pertenecía, y no podía abandonarle. No era una decisión que le correspondiera tomar…  La osadía iba a salirle cara.

La serpiente del odio empezaba a anidar en su corazón, y tenía pensado quedarse. Tomó una decisión mientras arrancaba el coche y conducía, a toda velocidad, ignorando prohibiciones, camino de su casa. Esa casa en la que apenas pasaba tiempo desde hacía meses, porque tenía una misión, la tratar de resucitar ese despojo humano, que a todas luces no merecía nada de lo que había recibido. Dejaría pasar un tiempo, el necesario, ni un día más, ni uno menos. Lo justo para permitir desterrar del corazón de quien había sido su pareja toda sospecha. Y mientras pasara, diseñaría su venganza. Se volverían a encontrar y le haría arrepentirse de haberle abandonado, de ese portazo, que aun retumbaba en sus oídos. Le mostraría todo lo que había perdido, y todo lo que nunca, nunca más volvería a tener. Su único objetivo era ahora, cobrar su deuda, devolver esa vida a la nada de la que le había sido rescatada, recuperar lo que era suyo. Sin concesiones.

“Te vas a arrepentir de ésto. Te lo juro”

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13 pensamientos en “Nada es para siempre (II)

  1. Muy impresionado chica… No sé qué decir. Transmites sentimientos basados en experiencias,posiblemente reales, muy duras.Un abrazo.

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